Hola, soy Alix
Desde que tengo uso de razón me ha atraído inventar mundos, algunos más felices que el nuestro, y otros más hostiles.
Un planeta con forma de rosquilla y con una luna que pasaba por el agujero, donde los habitantes de un lado vivían ajenos a las vidas del otro, pero nunca tuve el tiempo necesario para escribir sus historias.
O quizá no tuve el valor para hacerlo
Estudié Ingeniería Química pero acabé tan harta de la carrera que ahora mi laboratorio es para escribir y experimentar la literatura. También he trabajado en comercio exterior y marketing y mi familia está a caballo entre Francia y España.
En julio de 2022, “mis chicos” se fueron de viaje a ver a los abuelos a Normandía y pude disfrutar de tiempo para mí. Decidí salir a la montaña para desconectar de los problemas y escapar del ruido de la ciudad.
Quería estar sola para pensar porque, cuando se tienen hijos, el “yo” no existe. Sólo el “nosotros”.
Un sábado por la mañana (agua, bocadillo en la mochila y solecito). Me calcé las botas y vagué y divagué por el bosque que me vio crecer.
Disfrutando del entorno.
Sin rumbo fijo.
De repente, el cielo se oscureció…
Una tormenta. De las de antes. De las que, en cuestión de minutos, un día claro se convierte en noche. Relámpagos que iluminan el cielo por completo, truenos que hacen pararse el corazón, y agua que cala hasta el alma.
Bajo la intensa lluvia llegué hasta un refugio de montaña cercano. Una antigua borda de pastores reconvertida para dar cobijo a los montañeros. Sus paredes de piedra resistían contra la furia de la naturaleza.
En el interior, leña seca y lo básico para pernoctar.
Todo estaba cubierto de polvo y el olor a cerrado contrastaba con el aroma a tierra mojada del exterior. Petricor.
La única luz procedía de la tormenta.
Encendí la chimenea, me quité las botas y los calcetines, y con la mirada perdida, esperé a que el temporal amainara.
Fue en ese instante cuando reparé en la única decoración de la cabaña: un antiguo libro, forrado en piel roja, en la repisa de la chimenea.
La cubierta era de de piel auténtica y el dibujo de la portada estaba grabado a mano en un rojo más oscuro. Al abrirlo descubrí que el texto se había borrado por el tiempo y las inclemencias.
Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Por qué no escribir algo? Tampoco tenía nada mejor que hacer.
Decidí crear una historia que, quizá tuvo lugar entre las paredes de un refugio como aquel. La historia de una chica y otra época, de los árboles de aquel bosque. Tal vez una historia de amor. Porque todas las historias son historias de amor.
Desconectada del mundo, dejé que las palabras fluyeran libremente hasta las páginas del libro lavadas por el tiempo.
Te contaré un secreto…
Los susurros del pasado se entrelazan con los ecos de mi imaginación y buscan una vía de escape a través de las palabras.
Es mi manera de escribir.
Cuando regresé a la vida 🙂 me percaté de que ya había amanecido. Mis dedos dolían, pero mi mente estaba despejada.
Me aseguré de dejar leña para el próximo montañero, me calcé, recogí mis pertenencias, y coloqué el libro junto a la chimenea. Quizá alguien lo leyera algún día.
Pero entonces…
Me detuve en el umbral con un nudo en el estómago.
Tenía miedo.
¿Miedo por que alguien leyera lo que había escrito?
NO.
Imagina que no pudieras volver a leer. NUNCA.
Era miedo por NO volver a escribir.
No quería perder la sensación de libertad que me había acompañado toda la noche.
Quería encontrar de nuevo ese momento.
Volví a la chimenea y guardé el libro en mi mochila.
Unos meses más tarde, un incendio en ese mismo bosque y una voz que me cantó al oído que viviera sin miedo a saltar, hicieron que tomara la decisión más difícil de mi vida.
No podía posponerlo más.
Y salté. Sin miedo.
Desde entonces no he dejado de escribir. Convierto el silencio en historias por contar. Robándole horas al sueño bajo la sombra de la inseguridad que tenemos todos los escritores.
Cada día las emociones son más intensas: la urgencia por escribir, las dudas sobre qué camino tomar… Los nervios de enfrentarme a una nueva escena. Y el nudo de emoción en el estómago al terminar de corregirla.
Escribir se ha convertido en ese refugio, donde puedo dar rienda suelta a mi imaginación.
Nada me llena más y, aunque he tardado la mitad de mi vida en descubrir mi verdadera pasión, no voy a dejar escapar mi sueño.
No me asusta el trabajo duro por eso, desde el primer día, cuento con Jean Larser, sensei y maestro que me empuja a no rendirme, a pensar en cada detalle de cada una de las escenas… y que me pone freno cuando me vengo arriba.

Dicen que es necesario perderse para encontrarse a uno mismo.

Dicen que, a veces, las historias te encuentran.

Dicen que nunca es tarde.

Dicen que cuando el alumno está listo, el maestro aparece.
Y todos tienen razón
Así llegaron a mi vida las Crónicas del Bosque Escarlata y, ahora, tú también puedes formar parte de ellas. Cada página es un portal hacia un reino desconocido, habitado por héroes como tú o como yo, animales que parecen humanos, y humanos que parecen animales.
¿Te atreves a emprender esta aventura conmigo?
Un mundo repleto de lugares donde la magia es real y los límites de lo posible se desdibujan.
Si quieres leer una historia que sucede en este mundo, déjame tu e-mail y te lo mando.
Será una aventura inolvidable que comenzó una noche de tormenta de las de antes.
De las de truenos y relámpagos.
Sueña…
A veces, tienes la oportunidad de descubrir algo antes que el resto.
