Pensó que lo peor que podía pasarle era
fracasar en su misión
Se equivocó.
Lo peor que podía pasarle era sobrevivir.
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Pero cuidado… el bosque no olvida, ni perdona.
Capítulo 1.
El hedor a moho y orines impregnaba la Cloaca. El aire estaba viciado y espeso, y las calles eran ciénagas de charcos y lodo que plasmaban la inmundicia de los condenados a vivir en el barrio más populoso de Vinterdam, capital del Imperio.
Jurgen Halldorsen se encogía en un angosto callejón contra una pared de piedra, los dedos crispados sobre el papel que había robado horas atrás. Lo que quedaba de su uniforme escarlata de Cazador de Sangre se le pegaba a la piel húmeda, y bajo las mangas raídas la sangre intoxicada fluía por sus venas.
El entramado de casas de la Cloaca se alzaba sobre él, esqueletos retorcidos de madera podrida y vigas inclinadas, apiladas con la precariedad de un títere sostenido por hilos invisibles. Techos de chapa y lonas remendadas por donde el agua caía como lágrimas colgaban a distintas alturas de los edificios. Balcones tambaleantes sobresalían de las fachadas ennegrecidas y se conectaban unos con otros por medio de pasarelas.
Sobre ellas, más gente y harapos multicolores colgados para secarse. La basura de los niveles superiores caía sin miramientos sobre la multitud de abajo.
La Cloaca respiraba con su propio ritmo, como una masa informe de cuerpos, empujones y gritos. Voces roncas, risas apagadas, el tintineo de monedas y el arrastre de las botas sobre el barro.
Un borracho tropezó con él, pero siguió su camino sin mirarle siquiera.
No se detuvo.
Nadie lo hacía.
Se remangó para rascarse y entonces la vio: una sombra reptando bajo su piel, oscura, ramificándose.
Se repitió a sí mismo que sólo era el frío, el agotamiento y la fiebre.
Pero le ardían los brazos.
No. No los brazos. Las venas.
“No importa si huyes.
No importa cuanto corras
o dónde te escondas.
Siempre te alcanza.”
La voz llegó como un susurro en el borde de su mente, tan tenue que parecía su propia imaginación. Pero aun así la reconoció.
El mismo sonido de la risa de su madre recorriendo con sus dedos el tallo de una enredadera, cuando contaba que las plantas tenían memoria. Pero eso fue hace muchos años, antes de que la locura se la tragara por completo. Jurgen renegó de su familia para alistarse en el ejército cuando comprendió que las plantas no hablaban, que los recuerdos no flotaban en las hojas y que el bosque no tenía memoria.
Pero no era sólo eso.
Desde niño, había sentido la humillación al ver a sus padres y su hermano pequeño inclinar la cabeza ante cualquier miembro de la familia Kargrecht. Siempre al servicio de otros, atrapados en una vida de servidumbre.
Jurgen lo odiaba.
No quería ser un simple mayordomo vestido con los colores de una casa que no era la suya. Ni pasarse la vida limpiando la mierda de los poderosos.
Apretó los dientes y se cubrió los brazos.
Ahora su única familia eran los Cazadores de Sangre.
Y Edwin.
No. No pienses en él.
No pienses en su voz, en su risa.
No pienses en la última vez que estuvisteis juntos.
Pero los pensamientos volvían al bosque, al susurro de la sangre flotando en el aire, a los ojos muertos de Edwin.
Tenía que escribir la carta antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que el bosque le reclamara por completo.
El carbón raspó el papel con torpeza.
«A quien encuentre esta carta,
Me llamo Jurgen Halldorsen, tengo 27 años y siempre he sido fiel al Imperio Mard’Khora. A los dieciséis me alisté en el ejército, a los dieciocho entré en la Fortaleza Escarlata para, a los veintidós, graduarme como Cazador de Sangre. Escribo estas palabras oculto entre el entramado de casas y pasarelas de la Cloaca, con la esperanza de que no se pierdan en el olvido de esta miserable ciudad.
El hedor es insoportable, la humedad empapa mis ropas pero no me atrevo a salir de aquí. Ni siquiera me atrevo a respirar demasiado fuerte.
Sé que me persiguen.
Llegué a Vinterdam hace cinco días después de atravesar el bosque desde Norrvall.
Partimos tres, ahora sólo quedo yo.”
Una risa rasposa estalló a su derecha. Dos hombres forcejeaban, rodando sobre el barro mientras la multitud se apartaba con indiferencia. Un tercero se mantenía en pie, con un cuchillo en la mano, esperando su momento para intervenir.
Jurgen, como el resto de la gente, apartó la vista.
No sabía de cuánto tiempo disponía.
Cinco noches antes habían partido desde Norrvall con una orden clara: rastrear y capturar viva a una cría de cabellos plateados. Una misión sencilla en apariencia. Encontrar a una niña en el bosque no debía suponer un reto para tres cazadores entrenados.
Pero esa niña no era cualquier presa.
Era una Blod’Skoga.
El Imperio no había tenido noticias de uno en más de cien años. Durante generaciones su existencia había sido controlada y ahora eran poco más que un rumor. Cuentos de taberna. Historias para asustar reclutas.
Cuando Iskvald Skullgaard, el Segador, el Cazador de mayor rango y la mano ejecutora del Emperador, fue en persona a pedir tres voluntarios, el silencio se extendió entre las filas. Nadie habló. Nadie se movió.
Era calvo como una piedra pulida, con una barba espesa y negra que caía en dos trenzas gruesas, entrelazadas con anillos de hierro. Un hombre grande, de hombros anchos y brazos como troncos. De su cinto colgaban cuchillos de hoja curva y adornaba sus muñecas con gruesos brazaletes de metal con muescas. Cada una, una vida salvaje segada.
Jurgen dio un paso al frente y alzó la mano. Si nadie más quería el mérito, él lo tomaría.
—Voy.
No tuvo que mirar a Edwin para saber lo que pasaría después.
—Yo también —dijo.
Él nunca se quedaba atrás. Tenía una cara demasiado dulce para un soldado con su coraje: pómulos altos y unos ojos azules que no deberían verse tan serenos en un hombre capaz de matar. Una belleza engañosa, casi angelical, como si la guerra contra el bosque no hubiera dejado en él ni una cicatriz visible.
Lo conocía desde el día en que dejaron de ser niños y empezaron a cargar con espadas más grandes que ellos. Siempre estaban juntos aunque al principio, no fue así.
Durante la academia, Edwin había sido su sombra y su némesis. Compitiendo siempre, enfrentándose el uno al otro con el único propósito de ser el mejor de la promoción. Jurgen recordaba la rabia, la tensión, los puños chocando contra la carne y el hueso.
Se odiaban. O eso creían al principio.
Porque la rivalidad se convirtió en respeto. El respeto en lealtad. Y la lealtad en algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Nadie podía sospechar lo que ocurría cuando los candiles se apagaban y se encontraban a solas en el silencio. Al abrigo de las miradas, con el pudor proscrito y desnudos y ajenos al frío.
En el campo, eran los mejores de su pelotón. En privado eran mucho más que eso.
Jurgen agradeció en silencio que Edwin estuviera con él.
No confiaba en nadie más.
A su lado, un joven recién graduado se enderezó con torpeza.
—Y yo.
Aldric Sorrell.
Un crío con más valor que sentido común. Jurgen no sabía si alegrarse o lamentarlo. Tendrían que hacer de niñeras.
Cuando todos los Cazadores se dispersaron, Edwin fue el primero en hablar:
—Si esto es cierto… si de verdad ha nacido otra Blod’Skoga… —Se pasó una mano por la cara. —Estamos jodidos.
—Oh, vamos. Es solo una cría. —dijo Aldric.
Edwin lo fulminó con la mirada.
—Una cría que puede arrancarte la sangre del cuerpo sin tocarte. ¿Te parece poco?
Aldric no respondió.
—Escucha, Ed. —dijo Jurgen. —Es una niña. Y probablemente los lobos ya la hayan matado.
La gente adoraba exagerar. Era absurdo controlar la sangre con la mente. Si esa cría existía, sería solo una salvaje más, descalza, mugrienta y escuálida.
Los Skoga no eran más que proscritos que se aferraban a supersticiones y creían que el bosque tenía voluntad propia. Pero sólo era tierra, raíces y árboles.
Y gentes sin civilizar que se resistían a aceptar el progreso.
—¿Y si no?
—Si vive, la encontraremos, la reduciremos y la entregaremos. Como siempre.
Pero Edwin sabía que no sería así.
Había oído que no eran como los salvajes comunes.
Eran mucho peor.
Los Skoga, por sí solos, ya eran una amenaza: conocían el bosque, se movían con él, lo respiraban e invocaban a sus espíritus para adquirir la fuerza de los animales. Y esos salvajes, aunque brutales y sin reglas, eran predecibles. Podían hacerles frente con la alquimia de los Eruditos, pero los Blod’Skoga…
Eran magia.
Magia antigua, primitiva y hambrienta. Un poder que no se doblegaba ante nada. Algo que el Imperio había controlado durante generaciones, sofocando cualquier rastro antes de que echara raíces.
Los habían perseguido hasta convertirlos en un mito.
Y, sin embargo las leyendas, a veces, despertaban.
Edwin apartó esos pensamientos y sacudió la cabeza.
Jurgen estaba a su lado, con la mirada perdida en el horizonte como si ya estuviera rastreando a aquella niña. Tenía el porte de un depredador al acecho, los rasgos afilados, lobunos, y los ojos negros que parecían contener las sombras. Su mandíbula marcada, el ceño siempre fruncido y la forma en que sus músculos se tensaban al menor peligro le daban a él también un aire salvaje, temible y peligroso. Y era lo que lo hacía terriblemente atractivo a ojos de Edwin.
Jurgen apoyó una mano en su hombro.
—Hemos cazado cosas peores que una cría.
Edwin soltó una risa seca.
—No, no lo hemos hecho.
Ojalá hubiera escuchado a Edwin en ese momento.
Ahora, con la humedad calándole hasta los huesos, la sangre de sus compañeros en su uniforme y la peste de la Cloaca impregnada en su piel, se preguntaba en qué momento había cometido el peor error de su vida.
Quizá cuando alzó la mano y dio un paso al frente. O cuando pensó que sería fácil.
O cuando creía que el bosque era sólo un pedazo de tierra y árboles.
Tal vez cuando renegó de su familia y se alistó en el ejército.
Pero ya no importaba. Como si el destino se burlara de él, un líquido caliente le cayó sobre la cara. Escupió con asco y se limpió con la manga de su uniforme, pero el olor ácido y agrio le revolvió el estómago. Arriba, entre las pasarelas de madera, alguien orinaba sin importarle quién hubiera debajo.
Se arrastró hacia la derecha y volvió a centrarse en el papel entre sus manos.
El carbón raspó la superficie con torpeza.
“No sé si mis recuerdos son reales o si el miedo los ha deformado hasta convertirlos en otra cosa, pero todavía siento en el pecho el mismo terror que aquella noche.
Había realizado ese viaje más de una docena de veces pero juro por mi madre que los senderos habían cambiado. Restholm, la aldea donde debíamos pernoctar, parecía haber desaparecido entre los árboles, dejándonos a merced de la noche.”
Edwin y Aldric cabalgaban a su lado y lo único que preocupaba a Jurgen en aquel momento era que el día agonizaba y que algo en su interior no dejaba de retorcerse desde que habían cruzado la linde del bosque.
Pero él no creía en leyendas.
Sintió la tensión en el cuello de su caballo y apretó las riendas entre sus dedos.
Edwin iba a su derecha. Para los demás, era un soldado impecable.
Para Jurgen era mucho más que eso, pero ese día no lo veía tan seguro ni tan valiente.
Su espalda seguía recta, la mano lista sobre el cinturón en el que portaba sus elixires, el casco apenas le ocultaba la melena castaña que a Jurgen tanto le gustaba acariciar, y su mirada se desviaba continuamente hacia los árboles, como si esperase que apareciera alguien.
Aldric maldijo entre dientes.
—Nos pagan una miseria por esto —el chico hundió la barbilla en su capa, intentando resguardarse del aire helado. —Y encima nos mandan a capturar a una cría que dudo que exista. ¡Seguro que su madre está loca! Mató a su marido y dijo que su hija era una marcada y que huyó al bosque. ¡No hay quien se lo crea!
Jurgen no respondió. Aldric era joven e inexperto. Aquella era su primera misión fuera de la ciudad, y lo estaba llevando tan mal como se esperaba.
—Deja de quejarte —dijo Jurgen sin apartar la vista del camino. —Si nos pagaran por cada vez que te escuchamos lloriquear, podríamos retirarnos mañana.
Aldric soltó un bufido.
El sol seguía descendiendo y el bosque se cerraba a su alrededor.
Jurgen se removió en la silla, incómodo. Conocía este camino. Y, sin embargo, era como si nunca lo hubiera visto antes.
Algo estaba mal.
Edwin rompió el silencio con una pregunta que no hizo más que confirmarlo:
—¿Cuánto falta para Restholm?
Deberían haber llegado hace horas.
—Un poco más… —murmuró.
—Llevamos toda la tarde escuchando ese «un poco más».
Avanzaron en silencio. La luz palidecía entre las ramas y alargaba las sombras. Aldric juró que ya habían pasado por ese mismo claro hacía una hora.
Jurgen no pudo evitar que su voz titubeara al decir:
—El bosque no nos deja salir. Continuaremos mañana.
Ninguno respondió.
Cinco días después no lograba comprender cómo pudo haber ocurrido.
No fue un error de cálculo. No se desviaron y no se perdieron.
Se limpió la nariz con la manga de su uniforme raído y continuó escribiendo:
“Atamos a los caballos, nos sentamos alrededor del fuego y cenamos nuestras provisiones, cada uno sumido en sus pensamientos, con los oídos atentos a cualquier ruido.
El frío se colaba bajo mi uniforme y el miedo asentado en mi estómago me impedía tragar. Sentí la urgencia de mear, pero la sola idea de alejarme de la luz del fuego me aterraba.
Quizá todas esas historias del bosque fueran ciertas.”
En el bosque, el fuego crepitaba en la noche inmóvil. Jurgen afilaba una rama con su cuchillo, con la vista fija en el resplandor de las brasas. Edwin miraba de reojo la oscuridad más allá del campamento, y Aldric se frotaba las manos con aire inquieto.
—No hay viento —susurró. —No hay ruido. No hay nada.
Jurgen cerró la mano en torno al cuchillo.
—¡Calla de una puta vez! ¡Joder!
Aquella noche no durmió nadie.
Aldric, encogido junto al fuego, observaba las llamas y Edwin lanzaba palitos a las brasas, la mirada clavada en la negrura de los árboles.
—Lo sientes, ¿verdad?
Jurgen tardó en responder.
—Sí.
Ambos sentían que de alguna manera el bosque había despertado.
El brillo de las brasas apenas iluminaba el delicado rostro de Edwin, pero bastaba para ver la expresión de su rostro y la fatiga en su mirada azul.
Deseaba estar a solas con él. Quería abrazarle, besarle. Decirle que todo estaba bien. Que saldrían de esta, como tantas otras veces.
Pero no con Aldric despierto.
El amanecer llegó tarde y sin avisar. Aldric se removió, somnoliento, y masculló algo ininteligible antes de desperezarse.
—¿Quién va a buscar el desayuno? —preguntó, restregándose los ojos.
Jurgen cortó unas ramitas y las dejó caer sobre su palma. Tres palos. Dos largos, uno corto.
Aldric bostezó y cogió uno.
Edwin cogió otro y le hizo un gesto a Aldric para que mostrara el suyo.
El más corto.
Gruñó una maldición y se puso en pie.
—Está bien… Ahora vuelvo.
Agarró su arco de mala gana y se perdió entre los árboles.
En cuanto desapareció, Jurgen sonrió por primera vez desde que habían salido de Norrvall.
—Novato… —y rió. —El truco de los palos.
Edwin rió también y se acercó a él pasando un brazo sobre sus hombros.
—Tardará en volver. No es muy hábil con el arco.
La frase quedó suspendida entre ellos.
No había tiempo para preámbulos. Sólo la brusquedad de la mano de Edwin cerrándose en torno a su nuca, y el beso apretado, torpe, con el filo de la urgencia.
No pensó en nada. No pensó en la ciudad, ni en la expedición, ni en que Aldric podría volver en cualquier momento.
Sólo existía Edwin. Y sus labios.
Edwin tendió su capa sobre la hojarasca cerca de una roca cubierta de un musgo rojizo y suave y Jurgen le abrazó con más fuerza. Edwin gruñó confirmando algo que ninguno de los dos podía decir en voz alta.
La boca de Edwin bajó desde su oreja hasta la curva de su cuello y Jurgen se inclinó hacia él, buscando más.
No había espacio para delicadezas.
Para ellos, nunca lo había habido.
La hoguera desapareció. El bosque, Edwin, la noche… todo se desvaneció como si no hubiera existido.
Aquí en la Cloaca, Edwin ya no estaba. Sólo el hedor agrio, las voces de mercaderes y borrachos y el sonido del chapoteo de botas sobre el barro.
Pero aún podía sentir su boca.
Apretó los labios saboreándolo de nuevo.
En el bosque, el frío amanecer mordía su piel expuesta. Su pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas y el pulso latiendo en la garganta. Dejó una mano en la cabellera de Edwin y la otra indolente sobre el musgo. En ese instante lo acarició, el cabello de su amor y el musgo del bosque.
Un leve cosquilleo recorrió la palma de su mano y rápidamente se convirtió en escozor. El musgo se aferraba a su piel y se extendía entre sus dedos en diminutas hebras rojas. Sacudió la mano con cara de asco y las briznas se desprendieron en una nube esponjosa.
Recogió la ropa revuelta sobre la hierba aplastada y se la tendió a Edwin, que buscaba su cinturón. Su piel ardía, cubierta por un sudor fino que la mañana se apresuraba a enfriar.
Jurgen pasó la lengua por su labio inferior, subrayando los besos de Edwin. Él le devolvió la mirada mientras abotonaba su camisa. Medio desnudo, con el cabello revuelto y la boca aún entreabierta, Jurgen deseó arrancarle la ropa de nuevo.
De repente y a lo lejos, un graznido.
Jurgen, sin pantalones, con un sólo botón abrochado y la camisa descolgada de un hombro, cerró los dedos alrededor de su cuchillo y miró a Edwin de reojo. Escrutaba la espesura con los pantalones a medio subir y los músculos tensos como si fuera a lanzarse al combate en cualquier momento.
Pero no hubo sonido alguno.
Se vistieron a toda prisa. Aldric estaría al llegar.
Cuando Jurgen levantó la vista, los árboles lo rodeaban, más altos, más cerrados. Como si hubieran crecido durante la noche.
Avivaron el fuego y esperaron pero Aldric Sorrell, el recluta con más valor que sentido común, no volvía.
Jurgen trató de convencerse de que aún era temprano. Que tal vez se había desviado siguiendo un rastro, que regresaría en cualquier momento, con un conejo colgado del cinturón y una mueca de fastidio por haberle tocado la peor parte.
Pero Edwin no compartía su paciencia y lo llamó a gritos. Sin respuesta.
Montaron a caballo, ataron el de Aldric al de Edwin y se adentraron en el bosque siguiendo su rastro.
Cerca del medio día, el silencio se volvió más denso y sofocante. Los caballos piafaban, inquietos. Se resistían a avanzar y, en cuanto se detenían, el bosque también callaba.
—Esto no está bien —dijo Edwin.
No. No lo estaba. Pero no quería admitirlo porque si lo hacía, se convertiría en la certeza que ahora conocía tan bien.
La Cloaca apareció entre parpadeos junto con una punzada en la boca del estómago y un filo helado en la nuca.
Su carta se había manchado. No sabía si de lágrimas, de sudor o de algo que hubiera caído desde arriba.
Tosió y recogió el carboncillo justo antes de que una mujer cargada con unas cestas lo pisara.
Sus dedos, manchados de negro y barro temblaron. Pero siguió escribiendo.
“Lo encontramos a pocos pasos.
Colgado de las ramas negras de un árbol de hojas rojas, suspendido como un muñeco roto, con los ojos abiertos y vacíos. Las ramas parecían retorcerse a su alrededor, sujetándolo en un macabro abrazo.
No había señales de lucha, pero su expresión… Todavía la veo.”
Jurgen contuvo el aliento.
Sujetaban el cuerpo de Aldric pero no como si hubieran atrapado su cuerpo después de muerto. Parecía que el árbol lo estuviera absorbiendo.
Tenía la boca entreabierta y las cuencas vacías. Sin alma.
La sangre se deslizaba en finos regueros, enroscándose en la corteza negra y hundiéndose en la madera.
El bosque lo devoraba.
Fue Edwin quien lo vio primero.
—¡Aldric! —y desmontó de un salto
El bosque también devoró su grito.
Jurgen bajó del caballo con menos prisa, con el miedo reptándole por la columna.
No había señales de lucha.
Sólo el cuerpo inerte y en avanzado estado de descomposición, encajado en la maraña.
“Es mi culpa. Fui yo quien lo mandó solo”, se repetía una y otra vez.
—Esto no es normal —repitió Edwin aproximándose al árbol. —Sólo hace unas horas que lo vimos vivo.
—¡No lo toques! —gritó Jurgen, y Edwin se apartó.
Jurgen tomó su elixir gris y bebió un pequeño trago.
El líquido le abrasó la garganta y descendió como un torrente helado hasta su estómago. Náuseas. Nunca antes la alquimia de los Eruditos se las había provocado.
Se llevó el dorso de la mano a la boca, reprimiendo el impulso de vomitar. Respiró hondo y obligó a su cuerpo a aceptarlo.
Y el mundo se agudizó de inmediato.
El olor a hierro golpeó su nariz con la crudeza de una herida abierta. Sangre. No sólo en el cuerpo de Aldric, sino en la tierra, en las raíces, en las hojas rojas y empapadas bajo sus botas, en el musgo rojo de las rocas, un aroma denso, pesado, con un regusto a madera. Algo enterrado. O que nunca debería haber despertado.
Jurgen se llevó una manga a la nariz, conteniendo una arcada.
No olía a animal. No olía a humano. No olía a Skoga.
Tampoco había rastro de movimiento.
Ni pisadas descalzas en la tierra húmeda, ni ramas rotas en la maleza. Ninguna huella de lucha o de forcejeo. Ni siquiera señales de que alguien más hubiera estado allí.
Sólo Aldric.
Sólo su cuerpo desnudo suspendido en la urdimbre de raíces y ramas.
—No huele a Skoga. Es… diferente.
—¿Crees que fue ella?
Jurgen no respondió, pero sí, lo creía.
No había otra explicación.
La niña. La Blod’Skoga.
Sólo ella podía haber hecho algo así. Sólo alguien que hablara el más antiguo idioma del bosque podía pedirle que devorara a un hombre.
Edwin se incorporó y limpió sus manos en la capa. Su expresión era la de siempre: fría, impenetrable.
—No podemos quedarnos aquí.
Montaron en silencio y se alejaron del claro, dejando a Aldric atrás.
Acamparon en una hondonada con el último tramo de luz, rodeados de robles de raíces nudosas que se enroscaban como puños en la tierra.
—No los desensillaremos —murmuró Edwin. —Si tenemos que salir de aquí, quiero hacerlo en menos de un minuto.
Jurgen asintió sin protestar.
Ataron los tres caballos y encendieron una hoguera.
El fuego crepitaba, esparciendo sombras temblorosas sobre los helechos. Jurgen dejó caer el cinturón de sus armas junto al fuego y, con un suspiro se despojó también del de los elixires. El peso desapareció de sus caderas, pero no de su pecho.
—Mañana encontraremos a la salvaje que le hizo eso a Aldric —dijo, sin creerlo del todo.
—Eso espero… jamás había visto algo así. —la voz de Edwin se apagó al final de la frase. Su mirada se deslizó hacia la espesura, cautelosa, como si el bosque escuchara.
Jurgen le observó de reojo.
—No tengas miedo, Ed…
—Pero este lugar… ¿Tú lo sientes? Algo… algo no está bien.
Jurgen desvió la mirada hacia la negrura entre los troncos.
—Estás cansado.
Edwin sacudió la cabeza.
—No, no es eso, Jurg. Cuando cabalgamos hasta aquí, sentí que nos seguían. Creo que era un cuervo, pero…
Jurgen apoyó una mano en su brazo.
—Ya… un cuervo.
—¡Escúchame, Jurg! Cuando encontramos el cuerpo de Aldric…
Jurgen lo interrumpió antes de que pudiera continuar.
—¡Fue una puta salvaje! Y cuando amanezca, seguiremos buscándola.
—Lo sé, pero… ¿Y si es peor de lo que creemos? ¿Y si el bosque realmente ha despertado?
¿Quieres leer el final?

La historia de Jurgen y Edwin acaba de empezar.
El resto de la precuela (y el destino de los Cazadores) está a un clic de distancia.
No te dejaré con la duda… si te unes a la cacería.

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¡Es GRATIS!

